Vida, servicio, sufrimiento, crucifixión y resurrección.

Durante este tiempo de cuaresma se hace importante abrazarse de la verdad de Cristo. Ese mensaje que nos hace detenernos para mirar nuestro interior y nuestro al rededor para acercarnos a la Palabra. La vida de Jesús nos recuerda que el Maestro tuvo días como los nuestros, humanos.
Aún así, en medio de su vida Jesús se detuvo en lo exigente de su carrera y misión para compadecerse de las personas a quienes encontraba. Esos rostros humanos, sufridos y desagradables que nosotros encontramos en nuestros caminos, también nos deben recordar al Jesús crucificado, víctima de los juicios, las injusticia y el gran castigo de nuestra conciencia limitada. Todo esto solo puede ser combatido con esperanza, confianza y certeza en la bondad y misericordia divina que le mueven y moverán a actuar continuamente en medio nuestro y por medio nuestro.
La vida, la muerte, la resurrección y el retorno prometido de Jesucristo han establecido el modelo para la misión de la iglesia.
  • Su vida como ser humano envuelve a la iglesia en la vida ordinaria de la humanidad.
  • Su servicio a los seres humanos compromete a la iglesia a trabajar en pro del bienestar humano en todas sus formas.
  • Su sufrimiento hace a la iglesia sensible a todos los sufrimientos humanos, de manera que contempla la faz de Cristo en el rostro de los seres humanos que sufren toda clase de privaciones.
  • Su crucifixión revela a la iglesia el juicio de Dios sobre la crueldad del ser humano hacia sus semejantes, y las consecuencias terribles de su propia complicidad en la injusticia.
  • En el poder del Cristo resucitado y en la esperanza de su retorno, la iglesia contempla la promesa de la renovación de la vida del ser humano en la sociedad y de la victoria de Dios sobre toda maldad.


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Constitución de la Iglesia Presbiteriana (EUA) Parte 1, Libro de Confesiones. Confesión del 1967 (9.32).

 

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