Más allá de pan y vino

Más allá de pan y vino

La Santa Cena, entre muchas cosas, es un rito o celebración central de la adoración cristiana, que recibe diversos nombres: Eucaristía, Comunión, Santa Cena, Mesa del Señor, o Misa. Este culto se desarrolló a partir de la Ultima Cena de Jesús y sus discípulos la noche anterior a la crucifixión. Tradicionalmente se relaciona a las palabras de Jesús, que se encuentran en los Evangelios y 1 Corintios: “Esto es mi cuerpo,” “Este es el nuevo pacto en mi sangre” o “Haced esto en memoria de mi”.

Según qué frase se enfatiza es la interpretación que se hace de la transubstanciación (concepto católico) o consubstanciación (concepto luterano), presencia mística o renovación del pacto (concepto presbiteriano o
reformado) o recordación y memorial (concepto zwingliano). El significado de esta celebración se continúa
enriqueciendo. Es un acto de comunión con el Señor y con la iglesia, es un acto de recordación y anuncio de la muerte de Cristo, y es un acto de acción de gracias y celebración por su obra expiatoria.

Por medio de la Comunión se mira hacia atrás a la cruz, con dolor por el pecado y gratitud por la salvación; por ella se mira hacia arriba al Salvador exaltado, presente con su pueblo por su Espíritu, ofreciendo nuevamente a la fe la experiencia rica de su comunión, su perdón y su fortaleza; por ella se mira hacia alrededor a los hermanos y hermanas en la familia de Cristo y hay regocijo de que Dios los haya constituido en una comunidad; por ella se mira hacia adelante con anhelo y anticipación a lo que el libro de Apocalipsis llama “las bodas del Cordero,” porque se celebra su fiesta sobre la tierra “hasta que él venga.”
Juan Calvino veía al pan y al vino como signos que representan el mantenimiento espiritual que recibimos del cuerpo y sangre de Cristo. Así como en el Bautismo, nos regeneramos en Dios, nos incorpora a su Iglesia y nos hace suyos por adopción, por medio de los elementos del pan y el vino recibibimos el continuo alimento con el que conservamos y mantenemos la vida en la que nos engendró el Espíritu con su Palabra.

La Comunión es el sustento de nuestras almas es Cristo; y por eso nuestro Padre celestial nos
convida a que vayamos a Él, para nutrirnos con su alimento, nos fortalezcamos, hasta llegar por fin a la vida abundante, plena y eterna. La experiencia de la Comunión nos asegura, como si lo viéramos con nuestros propios ojos. Según Calvino, nuestras almas son alimentadas con Cristo exactamente igual que el pan y el vino natural alimentan nuestros cuerpos, penetra en los entendimientos; por más torpes que seamos. Nuestro beneficio es el gran fruto de confianza y dulzura; pues tenemos testimonio de que Jesucristo es incorporado en nosotros y nosotras, y de igual forma nosotros y nosotras en Él. Todo lo suyo podemos llamar nuestro; y todo cuanto es nuestro podemos decir que es suyo, escribía el teólogo.

Por su infinita bondad y misericordia, Dios ha aceptado toda nuestra pobreza y fragilidad, nos ha adoptado y dado la herencia de todas sus riquezas y fuerza. Jesús carga con el peso de todos nuestros pecados, bajo los cuales estábamos agobiados, nos ha dado su justicia para que nos apoyemos en Él, quien haciéndose hijo del hombre, nos ha hecho hijos e hijas de Dios.

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