“Mi papá me ama”

Papá

Predicación del Día de los Padres

La paternidad responsable es uno de esos valores, que en mi opinión, cada día nos hemos concientizado más como pueblo. No es que el índice de niños que crecen sin sus padres haya disminuido tanto, pero al menos estamos consientes de que la figura paterna tiene un valor incalculable para la niñez.

Dentro de nuestra cultura el rol paternal ha sido el de la disciplina, así como la enseñanza de valores morales, modelo de roles, entre otras cosas. Se dice que las hijas de forma inconsciente buscan hombres que les recuerden a sus padres, buscando la seguridad paternal o algo que llene el vacío que sus padres dejaron. En brazos de papi estamos psicológicamente seguras. De igual forma los varones, que también modelan la conducta paternal en sus relaciones.

Es preocupante. Vivimos en una sociedad tan violenta que los modelos masculinos que se presentan y promueven enfatizan en la victoria de la fuerza bruta. Una sociedad que lanza a los niños varones a la calle, mientras a las niñas las resguarda dentro de las escuelas y las Universidades. “Estudia hija, por si el marido te sale malo.” Hombres que tienen que comprobar cuan hombres son, como si no fuera suficiente con nacer varones, y mujeres que tienen que probar cuan aun autosuficientes son, en la previsión de lo peor. Un pueblo sin esperanza, sin fe.

El Evangelio en esta mañana nos habla de una historia similar. La historia en la que Jesús demuestra su Paternidad Celestial. Una de esas historias en las que las figuras de Dios y Jesús se confunden lo suficiente como para afirmar su Trinidad, la unión de tres en uno. Los discípulos de Jesús sin fe ni esperanza comenzaron a clamar a Jesús en medio de la tormenta. Lo que yo imagino es que ellos no tenían esperanza de que Jesús fuera a hacer nada, sino más bien querían sentir la seguridad de que estaba despierto. Tal como nosotros y nosotras en la niñez buscábamos esa seguridad paternal o en algunos casos maternal, cuando lo que había en la casa era una mamá/papá. Esa seguridad inocente, que corría a la cama cuando habían pesadillas, porque ese era el antídoto para los mostros nocturnos.

Pero lo que Jesús hace es muy interesante. Jesús demuestra su divinidad, su unidad con el Dios Padre, Creador del mar y su plenitud y con el Espíritu Santo que revoloteaba sobre las aguas en el principio. Jesús, más que darles seguridad psicológica detuvo la tormenta. Fue como el cambio del rostro de papi, cuando en ocasiones me mira como mi amigo y otras me mira y me dice con los ojos su reprimenda silenciosa. Con eso Jesús demostró que él era el enviado de Dios, que su poder provenía del Padre. Los discípulos descubrieron algo más de la persona de Jesús. ¿Quién es este que aún las inmensas e incontrolables olas del Mar le obedecen?
El Dios que le había dado la fuerza y astucia a David para vencer a Goliat estaba en Cristo manifestado. Y yo me pregunto si nosotros y nosotras estamos verdaderamente consientes de eso. El amor de Dios nos cubre de forma tal que podemos confiar en su protección y cuidados. David, no alimentado por el odio hacia los filisteos, si no alimentado por su seguridad en el amor de Dios hacia su pueblo se dirige a enfrentar al gigante que los amedrentaba.

Motivado por esa seguridad en Dios se llena de valentía y arrojo para lograr lo que quienes estaban preparados para hacer no lograron, porque su seguridad estaba en su propia fuerza y no en Dios. Para vencer a los gigantes no podemos contar con nuestra fuerza o conocimiento como principal instrumento. Eso demostraría que solo queremos demostrarle a alguien cuan buenos, eficientes, conocedores somos. Tarde que temprano esa actitud nos llevaría al fracaso y a la autodestrucción. Nuestra seguridad y motivación debe ser Dios y el deseo de cumplir la voluntad de Dios para nuestras familias y nuestro pueblo.

En efecto David contó con sus recursos disponibles y con sus conocimientos sobre pelear con osos y lobos. Pero lo que esto nos demuestra es cuán grande era la confianza de David en el amor de Dios. Es cierto, Dios nos da el poder para vencer a esos gigantes con los recursos que tenemos a nuestro alcance, aún cuando nos parezcan limitados. No tenemos porqué temerle a los gigantes que afectan nuestra sociedad, lastiman y laceran a nuestras familias. Gigantes como la violencia doméstica, el maltrato infantil, gigantes como las injusticias laborales, los problemas económicos del país. No hay duda que son enormes, no hay duda que nuestros recursos están muy limitados, pero piedra por piedra podemos vencer. Batallamos en el nombre del Señor vamos a vencer por medio de su poder y esa es nuestra seguridad. Si mi Papá está conmigo estoy seguro en todo lo que hago. Porque después de todo… “Mi Papá me ama.”

Pero hay veces que el enemigo que tenemos de frente no es tan obvio como un gigante que se nos para de frente, hay veces que el enemigo no amenaza nuestra seguridad de manera directa. Hay enemigos que son como el Mar de Galilea. Las aguas del mar y los lagos eran considerados como poderes del mundo espiritual, demonios y fantasmas. Todos los sucesos marítimos eran interpretados de esa forma. De igual forma, Marcos nos dice que la tormenta llega de pronto y como en toda cultura mitológica la perspectiva que el autor quiere manifestar es que no era una tormenta natural. Los cabos se van atando cuando vemos el destino de la tripulación, Gadara, una ciudad de “endemoniados” en dónde lo primero que hace Jesús es liberar a un gadareno.

Hemos aceptado la violencia como a un mar de demonios al que nunca podremos vencer. Hemos aceptado este modelo de sociedad con la tonta escusa de que “Somos así”. Hemos aprendido a vivir bajo las reglas de la injusticia, la inseguridad, la falta de amor y el miedo. Nos hemos adaptado a esperar lo peor y planificar para lo peor. La esperanza es cosa de gente ingenua, la bondad hoy día se traduce con una palabrota despectiva. Y hemos llegado a creer que nuestro Cristo duerme ante estos temas, pero lo que ocurre es que él nos envía nosotros y nosotras a cambiar esta realidad.

Si un niño venció a un gigante con una honda y una piedra, nosotros y nosotras podemos cambiar la sociedad que vivimos por medio de la paz. Y sé que es sumamente irónico. El relato de David y Goliat es una de las historias más violentas y sanguinarias de las Escrituras, sin embargo, en esencia lo que nos dice es que Dios es el Dios de las posibilidades. Es él quien tiene el poder de hacer lo imposible una realidad, el que nos llama a enfrentarnos a nuestros temores, a los asuntos que nos atormentan y ponerle fin a la injusticia por medio de su autoridad. Es español boricua: “a ponerle el cascabel al gato”.

Esta batalla no es una que haya que comenzar, el Señor ya nos ha concientizado y ha ido transformando nuestra sociedad, y en muchos casos las piedras han hablado más que los creyentes. La lucha por los derechos humanos, la igualdad de género, la concientización al daño que ha causado la contaminación ambiental. Esto es lo que el amor alcanza, romper los parámetros establecidos por la sociedad para construir un mañana de justicia. Cuando en unos años atrás no era mal visto que un hombre demostrara su hombría por medio de golpes en contra de su esposa e hijos, hoy día hemos aprendido que hay una diferencia entre la disciplina y la violencia. Hemos aprendido que ser padre va más allá de engendrar, hemos aprendido que el rol del hombre no es ser el principal proveedor de la casa, es el de amar.

No hemos vencido al gigante, porque creo que como sociedad debemos recuperar muchos valores que como cultura, el individualismo, el egoísmo, el consumismo nos ha ido robando. Tenemos que continuar batallando en cada una de nuestras pequeñas luchas diarias.
No podemos permitir que esas batallas diarias de la vida nos distraigan de nuestras grandes batallas en el Señor. Esas que nos invitan a cruzar mares, pelear con gigantes y faraones por el bienestar del prójimo. No podemos permitir que los afanes de la vida nos detengan y hagan menguar nuestra fe y voluntad de servir. Después de todo “Mi Papá me ama” y el hecho de que “yo ame a mi papá” me invita a hacer su voluntad y cumplir su Gran Comisión.

 

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